EL DAÑO

EL DAÑO

En las largas charlas que mantenía con mi padre- historiador sanjuanino, don Rogelio Diaz Costa- sobre temas relacionados con la cultura de la Patria, muchas veces citó los nombres de  Juan Draghi Lucero, Raúl Cortazar y Félix Coluccio. Admiraba a estos pensadores, al igual que yo, por la labor que realizaban en el esclarecimiento y recopilación   del folklore argentino, sudamericano  y su relación con el de otras naciones del mundo.

Siempre me ha preocupado el hombre y mujer argentino, pero debo confesar que en mi mi juventud estaba más interesado  por la filosofía, las religiones compararas, la metafísica académica , que entender algunas leyendas contadas al calor de un fogón, en las noches de un rancho, o en los campamentos bases de las montañas. Con los años, me enamoré de estos cuentos que esconden la sabiduría del pueblo , que por ser «alma grupal», es anónima , como todas las cosas de Dios.

Por esas raras » causalidades»,fuí invitado a un congreso sobre medicinas heterodoxas ,  y pude enterarme de la participación del profesor y folklorólogo Félix Coluccio, que trajo a mi memoria mis charlas con mi amado padre, que hoy lo siento en lo más hondo de mi corazón, y mis inquietudes por este pueblo argentino a quien no sólo amo, sino que de alguna manera sirvo por medio de mis publicaciones.

Fruto de esa entrevista que mantuve con don Félix, me contó el cuento ,recopilado entre la gente del noroeste argentino, sobre el  DAÑO, que Coluccio me cedido para su publicación  y con el compromiso mutuo ((lamento el fallecimiento de Don Félix) de seguir trabajando por las tradiciones nacionales y americanas, como también por la cultura teosófica universal.

 

Cuando María Linda se decidió a visitar a la Madre Paula, la Bruja, como la llamaban en voz bajo, estaba resuelta a todo. Juan se las pagaría y vaya si se las pagaría.

Ella le había dado los mejores años de su vida, su adolescencia y gran  parte de su juventud, le había llenado la vida de caricias y alegrías, y para no dividir su amor, no llegaron , por su voluntad, los hijos que, sin embargo, deseaba.

Esa noche resolvió verla y pedirle su intervención. Vivían  relativamente próximas y conocían de sobra sus poderes tremendos.

Cuando llegó, la puerta estaba apenas entornada. No sin temor la empujó. Una voz cascada, seca, la recibió.

– Entra y cerra.!!

Entró y cerro. La Bruja estaba sentada acariciando el gato negro que dormitaba sobre su falda, mientras de un caldero próximo se elevaban vapores de olores desagradables.

-¿ Qué andas queriendo ?

María Linda estaba asustada, no sabía si por el aspecto sórdido de la habitación o por lo tremendo de la demanda que iba a hacer.

– Bueno – dijo con cierta angustia -mi hombre me dejó después de quince años. Yo quiero que muera porque sé que  ya nunca más ha de volver a mí. Además, ya mi corazón está seco…

-¿Estás segura?

– Sí.Lo que me ha hecho sólo con la muerte podrá pagarlo.

– Mirá, aquí vienen muchas como vos. Y después se arrepienten. No sé si se arreglan. Pero no aparecen más por aquí…

– Yo no me arrepentiré. Quiero verlo muerto…

Y se largó a llorar ahogándose por las convulsiones.

– Mirá- dijo de nuevo la Madre Paula – Vos ahora te vas y lo pensas bien. Mirá que después no podes volverte atrás. Porque cuando amarro,¡¡ amarro!!. Y no hay salvación, entendelo bien, ¡¡ no hay salvación!!.

Después agregó:

– Te vas y volves aquí la primera noche de Luna llena. Por las dudas, yo te iré preparando algo. Si no venís, no te preocupes.

Y María Linda se fue.La luna estaban en el final del cuarto creciente. Calculó bien la noche en que debía volver.

Era un viernes.

Cuando llegó a su casa lloró hasta que de sus ojos no caía una lágrima más. Después comenzaron a desfilar las imágenes del recuerdo. Vio su adolescencia fructifera en sueños y esperanzas, su juventud serena al lado de ese hombre que llenaba de amor y ternura cada una de sus  horas  y vio las sombrías  horas de su soledad, esperando cada día que se produjera el milagro del regreso de Juan, que allí, en el mismo pueblo comenzaba una y otra vez historias  inconclusas y fatídias.

Cuando ya las esperanzas de recuperarlo se disiparon y sus ojos habían llorado todos sus llantos, creció una mata mala , un sordo rencor y deseos de venganza. También creció la furia que engendra la destrucción y la muerte. Fue entonces  cuando decidió ir a ver a la Bruja Paula, que tanto sabía de hacer daños. amarres y ligaduras.

Ahora sólo esperaba la próxima y primera noche de luna llena para volver.

En sus sueños , cien veces la muerte se llevaba de de desechos del cuerpo de Juan. Despertaba anhelante, los fantasmas de la inconsciencia se deshacían en la temblorosa luz de la mañana…

Paso el cuarto creciente con lluvias intermitentes , y llegó la primera noche de Luna llena. Un silencio abismal envolvía el lugar. Algunos ladridos de perros inquietos alimentaban su nerviosa espera.

María Linda consideró  llegado el momento y salio de su cuarto con paso firme. Algo murmuraba mientras avanzaba. Enfiló por el sendero enfocado por la luz lunar y llegó por segunda vez hasta lo de la Madre Paula.

Sin que la muchacha golpeara,. se oyó la voz seca y áspera decir:

– Pasá

Entró . El mismo escenario, como si en estos varios días la Bruja hubiera estado clavada en su asiento, el gato en su falda y el caldero vomitando los mismos gases.

-¿ Estás segura de lo que queres??

– Sí . Estoy segura y más segura que antes.

– Mirá que después que yo prepare el Daño no podrás arrepentirte.

– No me arrepentiré

Entonces  Doña Paula comenzó a hablar un idioma initeligible, que obligó a María Linda a sentarse. Ella se irguió. Lentamente se fue hacia un rincón de la vivienda, revolvió unas jergas y sacó un muñeco ovillado, cuyo rostro hecho en lana negra y roja tenía un aspecto aterrador.

Con el mismo paso inseguro, se acercó María Linda y tomó asiento frente a ella, quien no pudo reprimir un gesto instintivo de terrror, cuando le mostró el muñeco amarrado.

Hubo unos minutos largos de silencio anmarcado por la luz del plenilunio que se insinuaba por la sucia ventana del cuarto.

Luego preguntó

¿ Atamos la boca?

-Sí, atamos la boca, para que nunca más pronuncie palabras de amor mentido, para que no ria, para que no bese. Y la Bruja comenzó con una aguja enhebrada con hilo rojo a coser la boca del fatídico muñeco.

Cuando terminó miró profundamente a María Linda y le preguntó:

– ¿Amarramos las manos?

-Si, amarramos las manos para que no acaricie nunca más, para que no llamen. Y temblorosa la anciana ataba con hilo amarillo las manos del muñeco haciendo nudos irreversibles.

-¿ Amarramos las piernas?

– Si. para  que no puedan llevarlo nunca más hasta las amantes que lo aguardan, para que quede inmovilizado para siempre y para que no corra hasta las fuentes de los amores prohibidos.

Y la hechicera fue amarrando con hilo negro las grotescas piernas del condenado.

– ¿ Secamos el corazón?

-Si, para que muera como ha muerto el mio; que se convierta en un ovillo de hilos oscuros y deje de latir  para siempre.

Y la Bruja, que estaba en la plenitud de su obra dañina, clavó dos alfileres en el pelele , y a la altura probable de su corazón y empezó a sonreir macabramente, porque el sentenciado no podría escapar a esta sentencia de dolor y muerte.

Y ya sin preguntar, fue alborozadamente colocando alfileres en la cabeza, en los ojos y en los genitales del muñeco, mientras María Linda, extraviada, aprobaba y disfrutaba esta destrucción total del hombre que la había abandonado.

 

Siguieron unos instantes inasibles. Las velas negras chorreaban su cera de negro presagios. María Linda se sintió abatida y sus fuerzas se desvanecían en un desmayo sin perder totalmente su conciencia.

La Bruja consideró concluida su obra. Se restregó las manos sarmentosas, se alisó sin esmero sus cabellos desordenados desde siempre y el gato negro, que había estado dormitando a su lado ya acostumbrado a estas aventuras de su dueña, se levantó, arqueó el lomo y fue pasando su piel electrizada por sobre las piernas de María Linda, que se estremeció.

-No te asustes muchacha. Ahora ya todo está terminado. Podes llevarte » tu hombre». Y hoy a la medianoche lo enterrás cerca de la puerta donde vive el desdichado, a la izquierda. Hecho esto , te vas sin darte vuelta. Oílo bien: veas lo que veas, oígas lo que oígas, no te darás vuelta.

María Linda sacó de su cartera varios billetes y los puso en las manos de la hechicera, quien de inmediato los colocó en una  lata destapada que estaba detras de ella.

-Ahora te pode ir.

María  Linda abrió la puerta y salió.  La noche de luna llena tenía temblores de agonía. El canto de los grillos era una letanía cargosa y los sapos en las charcas cercanas entonaban sinfonías que le erizaban  la piel.

Sigilosamente, escondiendo en su pecho el muñeco amarrado y clavado, fue avanzando. Un viento glacial le ponía astillas de cristal en los ojos llorosos y fríos. La cabeza le daba vueltas. Tenía conciencia de que lo que hacía era diabólico, pero llegaría hasta la casa de Juan y enterraría el muñeco en el lado izquierdo de la puerta de entrada.

Así lo hizo. Cavó un hoyo con una piedra. El suelo ablandado por las lluvias cedía fácilmente. Cuando consideró que ya era suficiente, depositó el muñeco y arrojó sobre él la tierra humeda que había extraído- Se irguió y comenzó a andar, rápida y nerviosamente.

Presintió que alguien la observaba Sobre la tierra su sombra fugitiva era  como un fantasma que corría tras ella.

Como le advirtió la hechicera, no se dio vuelta cuando escuchó un alarido prolongado y un grito que se ahogó en su propia impotencia, convertido en un lamento infantil y desfalleciente

Volvió el silencio y la noche se abrazó a su propia negrura.

Sin poderlo reprimir, María Linda se ahogaba atraganta por convulsiones irreprimibles. Llegó hasta su casa tiritando. Se arrodilló ante el crucifijo que estaba pendiente sobre su cama y se tiró sobre ésta.

La mañana la sorprendió despierta, pálida y temblorosa. De pronto se irguió, arregló un poco su pelo y decidida salió a la calle. No caminaba, corría, corría…. La poca gente que esa ahora andaba por el lugar no le prestó la más mínima atención- Por fin llegó hasta la casa de Juan y con urgencia quiso desenterrar el muñeco amarrado. Pero la tierra estaba revuelta y vacio el hueco. Gritó y gritó apuñalada ‘por un tardio arrepentimiento» Golpeó la puerta, que se  abrió suavemente. Y entró.

En el suelo, al lado de la cama, Juan estaba muerto. Entre sus manos, el muñeco destruido era un colgajo sanguinoliento de hilos negros, rojos y amarillos y de su boca semi abierta se esbozaba una sonrisa histérica y triunfal.

María Linda sintió que su alma huía de su cuerpo. Inconsciente, avanzó unos pasos: algo parecía querer decir sus labios blancos, pero  de ellos no salió el mas minimo susurro

Rodó por el suelo, y una de sus manos se apoyó crispada sobre la mano de Juan y aferró el muñeco.

Luego , el silencio se llenó de voces que no eran de este mundo. Varias mujeres desnudas comenzaron a danzar en torno de ella y de Juan. Escenas lujuriosas se fueron sucediendo hasta que de pronto, entre todas, levantaron a María Linda, animaron su cuerpo, le quitaron sus ropas e hicieron añico el crucifijo de marfil que colgaba sobre su pecho- La incorporaron, lascivas, y empezó una danza como una de ellas.

Y entre todas y ella misma., con las puntas de sus dedos llevaron en andas triunfal el muñeco que rápidamente tomo la figura del demonio y dirigió con ademanes de maestro de ceremonia el baila de sus esclavas.

Danzaron frenéticamente en su honor, hasta que se fueron diluyendo todas las imágenes en la claridad de la luz.

Por medio de este relato hecho por don Felix Coluccio a quien les esta escribiendo, la tradición folklorica, la sabiduría del pueblo, nos enseña que es muy malo el resentimiento, ante la traición de hecho o en potencia, y como debemos sobreponernos a esas debilidades de venganza , porque a la postre terminan matándonos a nosotros mismo. . Este cuento nos invita a PERDONAR, siempre perdonar y comprender. Diría un maestro  taoista….nunca reír, nunca llorar, nunca criticar….siempre comprender. Tratemos de comprender y perdonar. Lo contrario es caer en la tentación del mal, que como en este cuento ,que es una tradición en sudamérica, nos lleva a ser  esclavos del odio y del resentimiento.

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